LA FAMILIA. BASES TEÓRICAS PARA UNA REFLEXIÓN PEDAGÓGICA

 

Enrique Sánchez Rivas

 

 

            La familia es uno de los agentes educativos que más influencia ejerce sobre el alumnado. Sin embargo, las reflexiones e investigaciones que versan sobre ella en el campo de la Pedagogía son escasas. En este artículo se le presenta al lector una síntesis de las bases teóricas que se apuntan desde la Filosofía de la Educación para comprender mejor el papel de este agente en la educación integral de la persona.

 

 

 

Concepto

 

            El concepto de familia ha sido objeto de múltiples definiciones (véase AGUILAR RAMOS, 2001, 50) desde muy diversos ámbitos del conocimiento humano (Gramática, Antropología, Psicología, Antropología, Etnología, Biología, Filosofía, etc.). Pero, en su forma más esencial, “la familia es el grupo doméstico en que viven juntos padres e hijos”. (MAIR, 1970, 117).

 

            Desde la Pedagogía, se habla de la familia como “educador”, siendo éste todo elemento que posee la cualidad de educatividad, es decir, todo lo que está capacitado para educar. Dentro de esta amplia taxonomía podemos diferenciar, en primer término, entre los “educadores personales” y los “institucionales”, que, a su vez, se diferencian en:

 

Ø      “Educadores primarios”. Son las personas o instituciones que tienen el derecho específico de educar. En esta categoría estaría ubicada la familia como institución y los padres, hermanos, tutores y maestros como educadores personales. También pertenecen a ella otros importantes agentes educativos, como el Estado y la escuela.

Ø      “Educadores secundarios”. Son las personas o instituciones que, sin tener derechos específico sobre la educación de la persona, tienen una importante influencia en ella. Pertenecerían a esta categoría los amigos, los compañeros de trabajo o estudio, los vecinos. Así como las instituciones a las que pertenezca el individuo: organizaciones recreativas, culturales, políticas, religiosas...

 

 

Evolución

 

La familia es una institución indisolublemente unida al modelo de sociedad en la que se ubique. En nuestra sociedad cristiano – occidental está vigente un tipo de familia patriarcal y monogámica, cuya estructura difiere mucho de la de familias de otras partes del mundo (África, Asia...).

 

Pero, es más, sin dejar Occidente y su modelo de familia, la naturaleza de la institución ha sufrido importantes alteraciones en un periodo de tiempo no demasiado amplio. Esto se debe a que “la estructura y finalidades familiares han ido evolucionando al mismo tiempo que lo hacía la sociedad” (FERNÁNDEZ y SARRAMONA, 1977, 168) gracias a la, anteriormente aludida, estrecha vinculación de ambas.

 

Tales alteraciones han sido teorizadas y encuadradas en un proceso conocido como el “paso de la familia extensa a la nuclear”.

 

La “familia extensa o tradicional” era una unidad formada por parientes ascendientes, descendientes y colaterales agrupados por consanguinidad o afinidad. Este tipo de familia destaca por la pluralidad de funciones que desempeña en la educación de los miembros menores. Aunque también fortalece los lazos afectivos y la interdependencia económica de todos sus componentes. Todo ellos encuadrado en una estricta jerarquía determinada por el sexo y la edad. De este modo, los jóvenes estaban sometidos a sus mayores y las mujeres a los varones.

 

Este tipo de familia predomina en sociedades pre-industriales. En Occidente, la aparición de las primeras fábricas pone en marcha el proceso evolutivo familiar que desemboca en la “familia moderna o nuclear”.

 

Con la explosión de la Revolución Industrial, la familia deja de ser autosuficiente para verse integrada en sistemas complejos que poseen el control sobre la producción y los beneficios. La consecuencia inmediata fue la ruptura de la dependencia económica del sujeto con respecto a su familia. Esto, unido a la fragmentación de los lazos afectivos fruto de la dispersión de los sujetos y su posterior agrupación con otras personas en núcleos urbanos (cerca de los complejos industriales), propició la total desaparición de la familia extensa en la sociedad occidental.

 

En la actualidad, el modelo de “familia moderna” es el que impera en nuestra cultura. Éste se caracteriza, según el informe FOESSA[1], por:

 

Ø      Ser una realidad secularizada. La familia ha roto su vínculo con la iglesia y ha adoptado otro nuevo de naturaleza puramente humana, basado en el amor y el respeto.

Ø      En consecuencia, ha cambiado el concepto de matrimonio, que ahora se basa en una decisión personal y no en una obligación moral.

Ø      En su estructura interna, se pone fin a la interdependencia de la que había en la “familia tradicional”. Sus miembros son más individualistas, tratan de buscar su realización personal y la satisfacción de sus necesidades afectivas, sexuales, de seguridad, etc.

Ø      Los roles de los miembros son más flexibles que los de los componentes de la “familia tradicional”. Tampoco la jerarquía está tan marcada ni obedece a los mismo fundamentos (ahora son económicos).

Ø      En cuanto a la ideología, la “familia moderna” es más tolerante con las opciones que eligen sus miembros y muestra, en general, un talante más democrático y dialogador.

Ø       También se aprecia una delegación de funciones en otros estamentos sociales, como la escuela.

 

 

Función educadora de la familia

 

 

            La familia es, en todas las sociedades, la primera escuela del ser humano. En su seno se adquieren conocimientos básicos sobre la cultura, los primeros hábitos, conductas, etc. Este tipo enseñanzas pueden ser involuntarias, es decir, mediante la observación y mimetismo del educando; o pueden realizarse con una intencionalidad finalista: el adulto, conscientemente, propicia el aprendizaje de un contenido determinado encaminado a satisfacer un objetivo prefijado.

 

            Cuando se trata de enseñanzas involuntarias, la acción educadora de la familia gira en torno a tres ejes:

 

Ø      “Los puntos de referencia”. Los adultos se convierten, ante los ojos del niño, en modelos generales de conducta. También se pueden fijar referencias en las normas y valores que impregnan la vida familiar.

Ø      “El ejemplo”. En muchas ocasiones, el menor, encuentra en la conducta de los seres más próximos patrones puntuales para aplicar a situaciones inéditas (una discusión, un agradecimiento...).

Ø      “El amor”, que condicionará a los dos anteriores. La presencia de amor en el ambiente familiar hará que los puntos de referencia sean la madre, el padre, hermanos... Y no entes ajenos a la familia, como personajes televisión o sujetos del barrio, etc.

 

También incidirá decisivamente sobre el valor que le concede el niño al ejemplo familiar, que debe estar por encima del que se le otorga a manifestaciones conductuales de agentes externos a la familia. 

 

            El amor también será un importante condicionante en las enseñanzas intencionadas, cuya “metodología” ha sufrido una evolución paralela a la de la familia, partiendo de una concepción cercana al “pesimismo antropológico” para llegar al extremo opuesto: el “optimismo antropológico”.

 

            El modelo de familia tradicional representa un tipo de educación coactiva y prohibitiva, que centraba su interés en la represión de los instintos y de las conductas discordantes con la moral vigente (religiosa, en la mayoría de los casos).

 

            Las nuevas características de las sociedades contemporáneas favorecieron el progresivo abandono del modelo tradicional en favor de otro que aboga por tendencias radicalmente opuestas a su antecesora. Desde Rousseau (1762), se instaura el “optimismo antropológico”, cuyos partidarios defienden un tipo de educación exenta de autoritarismo e imposiciones. En los términos que sigue se pronuncia uno de los más fervientes admiradores de esta opción pedagógica:

 

“Creo que imponer algo, sea lo que fuere, con autoridad es injusto. El niño jamás debería ser forzado a hacer algo antes de haber llegado por sí mismo a la idea –su idea- de que debe hacerlo. La maldición que pesa sobre la humanidad es la coacción exterior, tanto si viene del papa, como del Estado o del profesor. Es fascismo” (NEILL, 1971, 112)

 

            En nuestra opinión, ha de buscarse el equilibrio entre las dos posturas referidas, equilibrio que recomienda también una tercera opción: “el realismo pedagógico”. Para ello, cobrará especial importancia la negociación entre padres e hijos, aunque no será una negociación en igualdad de condiciones. La opinión de los padres tendrá más valor, pero siempre ha de estar argumentada lógicamente para evitar imposiciones basadas en la jerarquía.

 

 

La función socializadora de la familia

 

 

            Educar y socializar son acciones difícilmente separables en la realidad. Ambas se dan simultanea y conjuntamente en la educación familiar. No obstante, a efectos meramente descriptivos, realizaremos una artificial diferenciación en el plano teórico.

 

“La socialización es un proceso a través del cual el individuo humano aprende e interioriza unos contenidos socioculturales a la vez que desarrolla y afirma su identidad personal bajo la influencia de agentes exteriores y mediante mecanismos procesuales frecuentemente intencionados” (COLOMA MEDINA, 1993, 32)[2]

 

El primero en hablar de “socialización” fue Durkheim (1922), afirmando que ésta se refería a la adquisición de los conocimientos necesarios para la integración social. Pero el término ha evolucionado conforme se ha ido tomando conciencia de que el aprendizaje social va unido a la maduración personal. Por lo que, merced al trabajo de psicólogos y sociólogos americanos, la socialización pasó a abarcar: la enculturación y la personalización.

 

“La familia es el primer tejido social que enseña al niño las bases de la vida humana en una dinámica de interacciones recíprocas (...) Es el espacio vital dónde el niño recibe las primeras estimulaciones (...) que le convierten en un miembro activo de su comunidad, e incorporan las pautas culturales de su entorno” (AGUILAR RAMOS, 2001, 50).

 

En definitiva, la familia se encarga de la “socialización primaria” del sujeto, mediante la transmisión de valores, normas, conductas, etc., necesarios para desenvolverse en la sociedad. Esta primera socialización, a la que Savater describe críticamente como la estandarización social del sujeto (1997, pp. 55), servirá de base al siguiente nivel de integración comunitaria: la “socialización secundaria”, en la que intervendrán la escuela, el grupo de pares y, en menor medida, la familia.

 

Teniendo esto en cuenta, la familia mediante su función socializadora va a influir sobre la vida presente del sujeto y, también, sobre la futura.

 

La socialización, como se reseñó, se da de forma conjunta con la educación. Por lo que los mecanismos anteriormente descritos para la aplicación de la función educativa tienen idéntica vigencia en la tarea socializadora.

 

En relación con la función socializadora se lanza hoy, desde la educación formal, una crítica muy concreta hacia la familia. Se le acusa de delegar esta tarea en la escuela. Tedesco la  recoge como sigue:

 

“Los docentes perciben este fenómeno cotidianamente, y una de sus quejas más recurrentes es que los niños acceden a la escuela con un número básico de socialización insuficiente para encarar con éxito la tarea de aprendizaje. Para decirlo esquemáticamente, cuando la familia socializaba, la escuela podía ocuparse de enseñar. Ahora que la familia no cubre plenamente su papel, la escuela no sólo no puede efectuar su tarea específica con la tarea del pasado sino que comienza a ser objeto de nuevas demandas para las cuales no está preparada” (TEDESCO, 1995, 98).

 

            En síntesis, "la familia, aunque conserva una posición central en el entramado social, ha perdido sin duda importancia como agente de socialización de socialización y educación, sobre todo a favor de la escuela” (GIL COLOMER, 1991, 690).

 

 

Bibliografía

 

v     AGUILAR RAMOS, M. C. (2001): Concepto de sí mismo. Familia y escuela. Madrid. Dyckinson.

v     FERNÁNDEZ, A Y SARRAMONA, J. (1977): La educación. Constantes y problemática actual. Barcelona. Ceac.

v     GIL COLOMER, R. (1991): “Agentes de la educación”. En: ALTAREJOS MASOTA, F. Y OTROS (1991): Filosofía de la educación hoy. Madrid. Dyckinson.

v     MAIR, L. (1970): Introducción a la antropología social. Madrid. Alianza editorial.

v     NEILL, A.S. (1971): Hijos en libertad. Barcelona. Gedisa.

v     QUINTANA CABANAS, J. M. (Coord.) (1993): Pedagogía Familiar. Madrid. Narcea.

v     SAVATER, F. (1997): El valor de educar. Barcelona. Ariel.

v     TEDESCO, J. C. (1995): El nuevo pacto educativo. Madrid. Anaya.



[1] Informe fruto de estudios sociológicos. Citado por GIL COLOMER (1991, pp. 689)

[2] COLOMA MEDINA, J. (1993): “La familia como ámbito de socialización de los hijos”. En la obra: QUINTANA CABANAS, J. M. (Coord.): Pedagogía Familiar. Madrid. Narcea.