ALUMNADO CON
TRASTORNO CRÓNICO. ELEMENTOS PARA UNA INTERVENCIÓN PSICOEDUCATIVA.
Autor:
Diego Jesús Luque Parra
Departamento de Psicología
Evolutiva y de la Educación.
ALUMNADO CON TRASTORNO CRÓNICO. ELEMENTOS PARA UNA INTERVENCIÓN
PSICOEDUCATIVA.
RESUMEN.
Los trastornos crónicos
pueden generar en la persona, dificultades de adaptación y ciertas necesidades
educativas en el alumnado. En este artículo, se trataría de hacer un
acercamiento al tema, considerando las características comunes, permitiendo un
análisis desde una perspectiva general. Así, tras un apartado conceptual y
definitorio, en el que se expresan aspectos de incidencia y prevalencia
(trastorno epiléptico, asma, celiaquía o diabetes), se pasa a su análisis de
desarrollo psicológico, de relaciones familiares y de evolución educativa, para
terminar con unas orientaciones psicopedagógicas (padres y profesores) y
conclusiones.
PALABRAS
- CLAVE.
Trastorno crónico. Psicopedagogía.
Orientación y Consejo. Educación especial.
1.
–
INTRODUCCIÓN.
El concepto de
salud no es el de ausencia de enfermedad, como se asume de ordinario, sino el
de bienestar en la integración de lo biológico, psicológico y social. Esta
conceptualización de la OMS, paradójicamente se entiende o vivencia y asume en
su auténtica dimensión, cuando fallan algunos de esos aspectos, o su
intervención no es lo equilibrada que debiera de ser. La definición, por lo
tanto, adquiere su pleno sentido en las personas con enfermedades o trastornos
crónicos, en las que la interrelación de las facetas orgánica, psíquica y
social, han de conformar su vida y adaptación.
Es obvio que el
padecimiento de una enfermedad o trastorno crónicos, no sólo afecta al sujeto
en cuestión, sino a los que les rodean formando su grupo familiar o social. Un
niño con un trastorno, ya sea agudo o crónico, vive en una familia que sufre la
adversidad de su enfermedad. Parece que, cuando hablamos de una persona con
enfermedad, es ésta (siendo un término o concepto) lo importante, como si
adquiriese una personalidad propia e independiente de quien la padece. Esto y
la especial manera de asimilar o reaccionar de los que le rodean, conforman la
conducta de la persona con el trastorno y su grado de adaptación. En suma,
tendremos dos aspectos problemáticos a valorar. De un lado, la personalidad del
niño y su relación con la disfunción, y por otro, la afectividad y su
desarrollo personal, con la relación padres y su abordaje de la enfermedad.
En la vivencia de un trastorno no bastará la intervención
médica que restaura una disfunción o alteración, sino que, a su vez, habrá que
considerar la personalidad del individuo y su historia personal, así como
valorar el contexto familiar y social en el que se va a desenvolver. Se impone,
en consecuencia, un ámbito educativo en el tratamiento de cualquier trastorno,
cuyos objetivos no serán sólo los de prevención, sino los de la formación de la
persona y el de la orientación de su vida. En lo crónico, educación y
terapéutica, formación e intervención, son inseparables y sinónimos,
incluyéndose tanto a la persona con el trastorno, como a su familia y contexto.
Es en ese
sentido, y desde un ámbito de estudio psicológico, en el que consideramos a la
conducta humana como un complejo integrado de elementos cognitivo,
psicofisiológico y motor, conducta dentro de un contexto social. Este análisis
es suficiente para describir o explicar tanto la conducta normal como la
patológica, la de una persona con un organismo funcional, como la de aquella
otra que presenta alguna disfunción. Según sea esta disfunción, su incidencia e
interacción con esos elementos, la conducta tendrá mayor o menor grado de
adaptación al contexto y situación.



Conducta.
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Cognitivo. Psicofisiológico. Motor.

Contexto social.
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TEMPORALIDAD.
En este artículo
se trata de estudiar el trastorno crónico de forma genérica, siendo obvio que,
dada la diversidad de trastornos, ello no es más que una reducción forzada, con
un ánimo de estudio. Desde esa generalidad, tomando aspectos de incidencia y
prevalencia de la diabetes, el trastorno epiléptico o el asma y la celiaquía,
como trastornos concretos sobre los que ejemplarizar el estudio, y admitiendo
en consecuencia, la amplitud y la generalidad que encierra el término de
trastorno crónico, se busca hacer un análisis en sus características comunes y
en sus aspectos psicológicos, para llegar a unos elementos con los que
favorecer la reflexión sobre una intervención psicoeducativa entre padres y
profesorado.
2. - EL TRASTORNO CRÓNICO. ASPECTOS
CONCEPTUALES.
El trastorno
crónico, hace referencia al desarrollo vital de una persona que ha de convivir
en sí misma y en su medio social, con una alteración o perturbación, de manera
duradera. Desde un punto de vista de clasificación de las enfermedades, según
la CIE-10 (OMS, 1992), nos encontraremos en un trastorno o afección, alteración
o disfunción en lo biológico, psicológico y social de la persona, que se
prolonga en un curso temporal permanente (periodo superior a los seis meses),
con necesidad de atención continuada en esas esferas. Por ello, el estudio de
sus características psicológicas, se hará desde el complejo integrado por un
análisis individualizado de la persona y el de la reflexión en la experiencia
del trastorno crónico en sí.
La incidencia y la prevalencia no es preciso señalar que
son muy variadas, tanto por la multiplicidad de trastornos, como por la
diversidad individual y factores personales, sociales y culturales, incluido el
hecho de que los avances en tecnología
médica, han mejorado el curso de muchas enfermedades, pero al mismo tiempo han
producido en muchos casos, severos problemas físicos, sociales y emocionales,
que afectan directamente al bienestar psicosocial del niño (Zimmerman-Tansella,
1995). Así, de
una forma global para los diversos grupos, tendríamos que en las personas con
trastorno asmático (Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica, 2003),
se barajan cifras de un 5% de la población (en España, se estimaría un millón
de niños y jóvenes asmáticos menores de 18 años). Para los que tienen
trastornos epilépticos, se tendría una incidencia de entre 0,6 - 1,2‰
(Ajuriaguerra, 1992) y una prevalencia de 5 a 10‰ (Zarranz, 1988). En las
personas diabéticas, según la Sociedad Andaluza de Medicina Familiar y
Comunitaria (2003), la prevalencia de la diabetes tipo I, se estimaría en un
0,2 % y la de tipo II en un 6%, aumentando las cifras entre el 10-15% en la
población mayor de 65 años. Para los niños y jóvenes con trastorno celíaco, se
observaría una incidencia global en Europa de 1:1000 recién nacidos, con
variaciones según zonas o países, 1:300 en Irlanda o 1:4000 en Dinamarca. En
España se mantiene una prevalencia de 1:2000, aunque en otros estudios
(Polanco, 2000), arrojarían cifras más altas, pudiendo expresarse hasta
1:200-150. En general pues, se vendrían a observar las cifras aportadas en
diversos estudios, que indicarían unos valores de población oscilando entre 5%
(Rutter, Tizard y Whitmore, 1970) y el 10% (Cadman, Boyle, Szatmari y Offord, 1987).
Sea cualquiera su grado de
incidencia, lo cierto es que el trastorno crónico puede generar en el niño
cambios sociales y familiares, que incidirán en el desarrollo de alteraciones
emocionales, así como dificultades en los padres, como la sobreprotección o
conflicto de pareja. Si expresamos que el niño con trastorno crónico es una
isla en desarrollo, en un archipiélago diverso interconectado y de necesidades
mutuas, se puede continuar que, tanto las características del trastorno, como
los recursos y tratamientos, han de valorarse desde una perspectiva integrada.
Sólo de esta forma se puede intervenir en una salud, no por ausencia de
enfermedad, sino en el punto de encuentro entre lo físico y lo psicológico, en
suma, el bienestar en lo biopsicosocial.
Desde un punto de vista nosológico, es obvio, no puede
hablarse de un cuadro único, por cuanto las características varían de una
trastorno y circunstancia a otras, pero salvo que exista afectación neurológica
que disminuya la capacidad intelectual, o que existan elementos que hagan
visible una enfermedad, parece haber acuerdo en los autores, en una relación de
características comunes a todos los trastornos crónicos, dándose aspectos
singulares, sólo en ciertos trastornos físicos y en contextos específicos.
Subyace en todos los trastornos una alteración biológica y un entramado
psicológico a compensar en el individuo, por lo que, desde la perspectiva de
tratamientos y cuidados, el trastorno deberá ser abordado desde la perspectiva
médica, tomando la Psicología el protagonismo en la Orientación y Consejo a
madres, padres y profesorado, como elementos conductores y mantenedores de la
conducta adecuada en el niño, así como en la intervención que proceda con la
persona en cuestión.
Una clasificación exhaustiva de los trastornos crónicos,
es tarea compleja en tanto que deficiencias o enfermedades, se solapan en un
nivel nosológico o bien son consideradas en cuadros diagnósticos distintos.
Siguiendo a Rolland (1987) y Zimmerman-Tansella (1995), puede hacerse una
aproximación a su categorización, de acuerdo a los efectos psicosociales que el
trastorno conlleva, valorando los aspectos de progresividad y de incapacidad en
la evolución de las alteraciones, considerando fases (aguda, gradual o crónica)
y combinando ambas instancias. De esa forma podría obtenerse el cuadro que
sigue.
|
CATEGORÍAS. |
INCAPACIDAD. |
NO INCAPACIDAD. |
||
|
PROGRESIVIDAD |
Aguda. |
Gradual. |
Aguda. |
Gradual. |
|
Por Crisis. |
Pron. Fatal. |
Distrofia Muscular. SIDA. Esclerosis Lateral Amiotrofia. |
Leucemia. |
Fibrosis quística. |
|
Crisis
constante. |
Corto espacio vital. Posib. Fatal. |
Enfisema. Fenilcetonuria. Otras metabolopatías. |
Hemofilia. Arritmia cardíaca. |
Diabetes juvenil Enfermedad pulmonar. Lupus sistémico. Eritematosis. Hemodiálisis en insuficiencia renal. Enf., de Hodgking. |
|
Progresiva
crónica. |
Malformaciones congénitas. Afecciones de la médula espinal. Ceguera. Sordera. Post-traumatismos. Post-hipoxia. Hidrocefalia. … |
Artritis juvenil. Deficiencia mental. Parálisis cerebral. |
Migraña. Alergia estacional. Asma. Epilepsia. Arritmia benigna. Enfermedad congénita cardíaca. |
Bronquitis crónica. Otras enfermedades inflamatorias e infecciosas. Síndrome de mal-absorción. Hiper/hipo tiroidismo. Anemias. Hipertensión. Obesidad. |
Adaptado
de Rolland (1987) y Zimmerman - Tansella (1995).
Puede apreciarse una base biológica alterada que, a su
vez, conlleva un desnivel o desequilibrio en otras facetas, siendo éstas las
que han de tratarse para compensar el cuadro, ya que el tratamiento médico, una
vez iniciado, sólo presentará las dificultades de su seguimiento y
cumplimiento. De aquí que se considere de interés primordial la intervención
psicológica, que, sin un afán de adjetivaciones en la misma, habrá de
transcurrir en una vertiente clínico-educativa o claramente psicoeducativa, con
objetivos de formación en la persona y en su desarrollo.
3.
– ASPECTOS
PSICOLÓGICOS EN EL TRASTORNO CRÓNICO.
Consideramos
inicialmente, salvo que se asocie una problemática especial, que un niño con
trastorno crónico es, solamente, un niño que presenta una determinada
disfunción, pero no limitado. Puede participar plenamente en las actividades de
su edad, en lo social, recreativo, educativo, y en cualquier otra faceta o
actividad que se le plantee. Desde esa perspectiva de normalidad y de salud,
los aspectos psicológicos tendrán cierta relevancia en un ámbito reducido a lo
individual de cada persona y su situación. No obstante, precisaremos algunos
elementos para un acercamiento reflexivo y educativo.
3. 1.
– Aspectos de personalidad, ejecución y rendimiento.
De manera
general, no caben diferenciaciones entre los niños con trastorno crónico y los
que no lo tienen. Las funciones psicológicas no son distintas de la
variabilidad normal de la población, por lo que puede afirmarse que algunos
aspectos psicológicos del niño o niña crónicos son, en su mayor parte,
secundarios a la aparición del trastorno. Aunque haya casos y explicaciones
teóricas sobre asociaciones con otros síntomas o síndromes, que guarden cierta
unidad nosológica, la delimitación del trastorno crónico es claramente de base
somática, como disfunción metabólica, fisiológica, muscular, etc., con
elementos psicológicos reactivos que oscilarán entre conductas de pasividad y
sumisión y las de inquietud e impulsividad. No es extraño encontrar
descripciones de niños con TC, con las características de tranquilos, sumisos,
dependientes y fácilmente ansiosos, a la vez que podrán observarse otros más
agresivos, exigentes e incluso provocadores. Como ya pusieron de manifiesto Ajuriaguerra
y Marcelli (1987), no hay un perfil de personalidad propio para cada tipo de
enfermedad, aunque por su naturaleza y los cuidados que precisan, algunas
afecciones suscitan cambios o vivencias particulares. Respecto a lo cognitivo,
considerando que la inteligencia de cada persona es un complejo edificio
formado por habilidades ordenadas de modo jerárquico, donde unas han
posibilitado la construcción de otras a un nivel superior, y que esa
construcción y aprendizaje se debe a la acción sobre el entorno, en un
trastorno crónico se podría hablar más de algunos aspectos de simple retraso en
el desarrollo, en cuanto a estrategias o habilidades, que de una deficiencia en
sí, suficientemente explicada por las imposiciones de la disfunción, la
adecuación en la relación padres-niño y en la conducta de éste. En
consecuencia, y siendo siempre difícil apreciar la asociación y su tipo de
relación, entre trastorno crónico y desarrollo cognitivo en general, los
aspectos de percepción, atención, memoria, razonamiento, pensamiento y
lenguaje, forman parte de la diversidad social, no estando supeditadas las
deficiencias que pudieran darse a la enfermedad en sí, como factor causal. De
todas formas, será conveniente establecer la valoración y diagnóstico, de un
niño o niña con ese trastorno, en todas las facetas de su desarrollo, en el
afán del conocimiento de su persona y situación y no en términos de deficiencia
exclusivamente.
En este sentido,
en los aspectos de ejecución en las tareas académicas, y el desarrollo educativo
en general, no se ofrece una visión especialmente uniforme en los diversos
autores que lo han estudiado. Así, en estudios con escolares epilépticos y
asmáticos, Bender (1995); Fowler, Johnson y Atkinsons (1985); Mitchell, Chavez,
Hang y Guzmán (1991); Austin, Huberty, Huster y Dunn (1999), muestran las
diferencias en sus bases de partida o criterios de edad, curso académico, grado
de lesión o severidad, duración de tratamientos, etc. A pesar de esto, se busca
una cierta homogeneidad de variables y datos que permitan un análisis lo más
unitario posible, para el estudio del trastorno crónico.
Austin et Adl.
(1999), comparando muestras de niños epilépticos y asmáticos, y en un
seguimiento académico de cuatro años, obtuvieron que los epilépticos, como
grupo, puntuaban más bajo en cada una de las cinco tareas académicas (lectura,
composición, matemáticas, lenguaje y vocabulario), siendo significativas esas
diferencias en lectura, matemáticas y vocabulario. Considerando el sexo, los
varones en caso de epilepsia con indicadores de mayor gravedad, tenían peor
ejecución y rendimiento académico que las mujeres en las cinco tareas. Los
chicos con epilepsia controlada, inactiva o de menos indicadores de gravedad,
tenían medias similares a la media nacional, en cambio los de mayor gravedad,
obtendrían puntuaciones inferiores en torno a valores de entre 3 y 5 puntos.
Romero y Luque
(1998) y Luque y Romero (2000), establecen en su muestra de estudios de
alumnado con trastorno epiléptico, unos resultados de CIs, rendimiento y
dificultades de aprendizaje, aunque con mayor dispersión que los grupos de
comparación, pero sin diferencias significativas con los mismos.
Para los niños y
niñas con asma, diabetes o trastorno celíaco, se puede constatar que su
problemática no es básicamente de afectación probable en lo cognitivo, además
de un rendimiento susceptible del común de la población de edad, salvo en la
influencia de carácter afectivo, efectos secundarios del tratamiento,
inoportunidades del mismo, etc, (Gila de Teruel y Martín, 1991; Polaino-Lorente
y Gil Roales, 1990; Luque, 2003) .
El rendimiento, en suma, estará más en relación con una
integración de aspectos:
-
Gravedad
del cuadro, que implique apartamiento de lo habitual en personas de su edad y
circunstancias.
-
Gravedad
o afectación en lo intelectual y/o afectivo.
-
Indicadores
de ajuste personal y familiar, así como la estructura y relaciones del núcleo
familiar.
-
Marco
de apoyo sobre la familia y la persona con el trastorno.
-
Recursos,
estructura curricular y de apoyos educativos en los Centros.
En resumen, si en rigor no cabe hablar de unas
características psicológicas propias del trastorno crónico que conformen un
determinado perfil típico, sí deberán analizarse la conducta, individualmente
considerada, así como la del contexto sociofamiliar en el que se desenvuelve.
Esto es, hacemos una análisis molecular de la/s conducta/s, describiendo o
explicando éstas en su circunstancia y tiempo inmediatos. Será necesario en
cambio, un estudio más estructural, tanto del niño como de su educación y
crianza, a lo largo del tiempo, para apreciar no sólo su comportamiento, sino
la formación de su personalidad. En consecuencia, en la modificación de la
conducta harán falta ambas visiones, de ahí que distingamos dos aspectos, sobre
los que detendremos nuestra atención,
la reacción de los niños ante su trastorno y la de sus padres.
3. 2. – Reacción de los niños ante el
trastorno.
Las actitudes y reacción de los niños y niñas ante un
trastorno, son tan diversas como lo son sus circunstancias personales, de edad,
cultura, aspectos sociofamiliares, etc., sería apropiado decir que responden,
en buena medida, según el esquema aprendido de su educación familiar, en
interacción recíproca con su propia personalidad.
Con independencia de esos aspectos, la ansiedad
representaría el cuadro reactivo más frecuente. El miedo al dolor, a los
tratamientos dolorosos, a la permanencia hospitalaria, a la soledad y a la
separación familiar, serían ejemplos ilustrativos. En otro orden de cosas, los
elementos depresivos pueden estar igualmente presentes, en tanto que
sentimientos de culpa, tristeza o desesperanza, limitan o estancan el
desarrollo normal del niño.
Si en los niños las respuestas tienden a ser más
generalizadas, de mayor componente conductual y menor grado verbal, en los
jóvenes y adultos, lo cognitivo tendrá una mayor manifestación, a través de una
mayor especificidad comunicativa y expresión verbal. Es obvio que este esquema
no deja de ser de una atrevida generalidad, aunque pretenda establecer unos
extremos de situación por la variable edad. También cabría hablar de reacciones
impulsivas o agresivas, inhibición motora, timidez, “encerrarse en sí misma”, como respuestas habituales dentro de esa
diversidad.
En resumen, la ansiedad y la incertidumbre, cuando no la
impotencia y el desconocimiento, son aspectos que girando sobre el trastorno,
son consecuencias reactivas normales a valorar, buscando su superación, en el
mejor autoconocimiento y progreso de la persona. Este afán educativo y por ende
desarrollo positivo, tratará de impedir que el niño o niña aprenda a manipular
a sus padres a través de ese trastorno, consiguiendo así beneficios secundarios al mismo. Se deduce de ello que habrá de
reconducirse ese entramado de actitudes, respuestas y relaciones, a un estado
personal y social en el niño, de aceptación y adaptación de su circunstancia,
establecimiento de metas de desarrollo normalizado, como cualquier otro niño,
joven o adulto, de su entorno.
3. 3. –
Reacción de los padres ante el trastorno.
La reacción de
los padres ante el trastorno de unos de sus hijos es, al igual que en éstos y
como se ha comentado, diversa, resultado de la variabilidad de historias
personales y familiares. Con independencia de las características propias que
conlleve cada trastorno, es obvio que su aparición, no será contemplada de la
misma forma, en una familia estructurada y armónica, que en la que no lo es,
aunque en ambas signifique un fuerte golpe emocional, los mecanismos de
afrontamiento y adaptación diferirán ostensiblemente.
No obstante esa
complejidad y de manera general, en la reacción de los padres y su adecuación
al hijo con un determinado trastorno, podría establecerse un contínuum que iría
desde la hiperansiedad e indulgencia excesiva, hasta problemas de aceptación
del trastorno. En todo ese conjunto de reacciones que, centradas en la
enfermedad o trastorno, anula la visión de progreso en el desarrollo de la
persona en sí, dos extremos de actitudes paternas serían de valorar. Uno, en el
que el núcleo de la reacción y relaciones, es el rechazo del trastorno, cuando
no al hijo enfermo. Otro, en el que el niño está anulado como individuo, ya que
la afectividad es inseparable de la de los padres. Si en la primera, esa
afectividad es de distancia y el niño se percibe distinto por su trastorno, en
la segunda, el niño se relaciona con sus padres en una afectividad embotada,
considerándose distante y distinto, negativamente, de otros niños. Ambos
extremos representarían dos polos negativos en la relación paterno-filial,
centrada en el trastorno y la distintividad por la deficiencia o disfunción, no
dándose una afectividad natural y espontánea, ni una estructura de relaciones
familiares, orientadas al progreso personal del niño. A pesar de esos extremos,
en la familia, al menos en un primer período de conocimiento del trastorno, no
podrán evitarse reacciones de ansiedad, preocupación, tristeza o depresión,
consideradas como elementos posibles en una evolución afectiva de ese
desarrollo de las relaciones familiares.
En la
problemática emocional que el conocimiento y aparición de un trastorno crónico,
genera en los padres de los niños que lo padecen, Lozano y Blanco-Picabia
(1996), investigaron tres grupos de padres, uno primero de 55 padres de niños
asmáticos, un segundo grupo de 32 de progenitores con hijos de diversos
trastornos crónicos y un tercer conjunto de 87 de padres sin enfermedad o
trastorno, a modo de controles. Estudiaron variables de ansiedad, depresión y
salud en general. De los diversos datos relevantes obtenidos, precisaron, entre
otros, que la ansiedad era de mayor presencia en los padres de niños asmáticos
que en los otros dos grupos. Entre estos grupos 2º y 3º, si bien no se daban
diferencias de ansiedad ni de salud en general, sí se observó significativamente
en el grupo de los crónicos (2º), mayor grado de preocupación por lo corporal e
índices de depresión. Esta diferencia, ansiedad en los familiares de niños
asmáticos y depresión e incremento de preocupación por lo corporal en los de
trastorno crónico, podría explicarse por el hecho de que el trastorno crónico,
al acompañar toda la vida de los hijos, inducen en las madres un sentimiento de
pérdida o desesperanza en la no-recuperación de un niño “perfecto físicamente” o dentro de la normalidad socio-estadística y
de salud, mientras que, la ansiedad, considerada como estado y circunstancial,
sería más para los asmáticos, por la periodicidad de las crisis y sus elementos
de control.
3. 4. – Estructura y ajuste familiares.
En el ajuste de la familia ante las circunstancias de un
hijo con trastorno crónico, de forma general, cabría considerar los elementos
de estructura y dinámica familiares, personales del hijo y demás miembros,
aspectos sociales, ambientales y económicos, todos ellos analizados en una perspectiva
integrada del núcleo familiar (cuadro).
|
Elementos
intervinientes en la adaptación familiar. |
|
1. –
Económicos. - Nivel de recursos de la familia.- Trabajos del padre y de la madre. ¿Deberá dejar algunos de ellos su trabajo para atender al niño? 2. –
Aspectos sociales. - Lugar de residencia familiar y su accesibilidad a recursos comunitarios. - Respuesta adecuada de la comunidad y servicios institucionales. 3. –
Aspectos familiares. - Estructura y organización propias para afrontar las dificultades y las derivadas del trastorno en particular. Participación en tareas de casa. - Relación marital en búsqueda de un equilibrio frente a la dificultad. - Relación entre hermanos, de éstos con los padres y de los hermanos con el niño con trastorno. - Valorar el papel de los abuelos y familia extensa. 4. –
Aspectos personales. - Conocimiento de sí mismo, autoestima y autoconcepto en construcción. - Información sobre el trastorno y desarrollo personal/social. |
Adaptado de Rolland (1987).
En la evolución de las relaciones familiares en la
coexistencia con un trastorno crónico, podría hablarse de dos grandes fases en
la adaptación de los padres. Una primera, de crisis o ruptura con el marco de
la supuesta normalidad y una segunda de reestructuración y adaptación. Veámoslas
con cierto detenimiento.
I.
Período de inicio o
conocimiento del trastorno o período de crisis.
Conformaría un
período en el que la familia se centra en ese conocimiento del trastorno, como
núcleo de su estructura y vida, con el consiguiente freno al progreso del
desarrollo familiar. Se podría establecer un conjunto de conductas o
respuestas, sin que ello presuponga una línea de obligado paso. Así tendríamos:
1.
– Confusión e incertidumbre. La familia no entiende muy
bien la situación. Se duda del diagnóstico (“puede caber algún error”, “esto no puede ser”…), buscándose una
segunda opinión. Se hace negación y se mantiene la esperanza en lo contrario a
la valoración profesional efectuada.
2.
– Conducta airada, como respuesta reactiva al
conocimiento y no aceptación inicial del trastorno. “¿Por qué a nosotros?” “¿por qué tiene que ser nuestro hijo?”, son
preguntas que, además de esa reacción, trasluce el mantenimiento de la
incredulidad e inmovilismo.
3.
– Depresión y sentimientos
de culpa.
Fase en la que se tienen el pesar y tristeza, por lo que el trastorno puede
significar: apartamiento de una cierta normalidad de la vida, necesidad de
tratamiento prolongado y su dependencia permanente, etc. Por otro lado, pueden
aparecer sentimientos de culpa (aspectos genéticos o de antecedentes
familiares), de impotencia y responsabilidad en la aparición de la enfermedad.
Se genera en suma, un círculo de tristeza y negatividad en sí misma como
familia, en lo que le rodea y en su futuro.
4.
– Fase de inicio de la aceptación
del trastorno, en la que se comienza todo un conjunto estructural y de
procesos de ajuste a la convivencia consigo mismos y con el hijo con su
trastorno.
II.
Período de adecuación al
trastorno o fase crónica.
En su relación
al período anterior, esta fase crónica, establece en los padres y en la
dinámica familiar, una reflexión y reestructuración en su propia vida personal,
social y como padres. Honda reflexión sobre la cual han de adaptarse y lograr
el suficiente equilibrio a la situación sobrevenida, haciendo frente al
tratamiento y desarrollo del hijo, en plena convivencia con el trastorno.
Reestructuración de las relaciones afectivas maritales, con el hijo en cuestión
y con sus hermanos. Se impone pues la integración de las necesidades derivadas
de la enfermedad en un desenvolvimiento normalizado en la dinámica familiar.
En general se puede afirmar que las familias con una
dinámica de cohesión y apoyo entre sus miembros, tienen menor grado de
dificultad o estrés ante las dificultades de sus hijos. Por otro lado, la reacción
y adaptación de las familias a estas dificultades y los mecanismos de
afrontamiento, están relacionados con sistemas de apoyo externos. El trastorno
crónico supone un centro en la organización y dinámica familiares que influye
en las conductas y relaciones, pudiendo implicar aislamiento social,
dificultades de tipo afectivo, que, a su vez, afectarán al desarrollo personal
del individuo y de la familia en el conjunto de sus relaciones. En
consecuencia, ese núcleo familiar, con o sin dificultades, precisará de
recursos de superación para la equilibración y un desarrollo adecuado como
persona.
Los recursos de superación pueden referirse a factores
personales o sociales. En los de tipo personal se incluyen aspectos morales,
creencias, experiencias anteriores de afrontamiento, estilos de los padres,
desarrollo cognitivo y aspectos de personalidad. Los recursos sociales incluyen
los de tipo material y práctico, así como recursos psicológicos familiares y
soporte social (Zimmerman-Tansella, 1995).
Es de suma importancia la estructura familiar y roles de
los padres en la misma. Aunque pueden darse diferencias en las respuestas del
padre o de la madre a su hijo con trastorno, puede decirse que coincide con
patrones tradicionales de los papeles asignados al hombre o mujer en la
familia. De cualquier forma, el impacto será menor si ambos padres participan
por igual en la ejecución tanto de las labores del hogar, como del cuidado del
niño con trastorno.
4.
– REFLEXIONES PARA UNA CONCLUSIÓN.
Si
como se ha expresado en párrafos anteriores, los aspectos afectivos son de
importancia nuclear en el desarrollo de los niños y niñas con trastorno
crónico, será sobre esos aspectos en los que acentuar conductas en la familia y
centros educativos, de tal forma que, su interacción con el niño o niña sea lo
más normalizada posible y en la mejor adecuación a las situaciones. Adoptar como norma fundamental los criterios
de normalidad en las relaciones, nos lleva a afianzar conductas emocionalmente
más controladas, dejando de lado sentimientos de tristeza, culpabilidad,
impotencia, etc., que por ser negativas, sólo conducen al abatimiento,
impidiendo, de esa manera, una labor más provechosa y esperanzadora. No está de
más recordar que hacemos un flaco favor al niño o niña, si con esas actitudes
lo "protegemos", conforme crezca o evolucione en su desarrollo y se
vaya incorporando a la sociedad, ésta no va a repetir los patrones familiares
de ayuda y protección. Se le va a pedir, en cambio, autonomía y valores
personales propios, por lo que será lo mejor iniciar esas conductas desde la
edad más temprana. Si adoptamos unas actitudes y sentimientos de afrontamiento
y participación en la educación del niño, se estará en el camino más apropiado
para una vida normal, autónoma y plena.
Con independencia
de la casuística y relaciones entre rendimiento y conducta, lo acertado es
establecer los mecanismos adecuados en la actuación e interacción
Profesor/a-Alumnado, de tal forma que éstas sean ajustadas y basadas en un buen
conocimiento de los alumnos y sus propias historias personales. De acuerdo pues
a esta argumentación, toda acción educativa en el tema que nos ocupa debería
considerar al menos, los siguientes puntos de partida.
A). - Aceptar al niño de forma positiva, aunque su
actitud, capacidad y/o rendimiento no sean las del normal de la clase, no
debería tratársele de forma diferente sino en la línea de valoración de su
individualidad. En este sentido, la actitud del Profesor o adulto será la que
imiten los niños y niñas de la clase.
B). - Conocer mejor al niño o niña para favorecer
aquellas características del mismo (aptitudes, intereses, etc.), que sirvan
para su refuerzo positivo. Cualquier persona posee rasgos sobre los que montar
una relación de afecto, aprendizaje y conocimiento. En nuestro caso será
necesario hacer ver a ese alumno su valía en tal o cual aptitud y proveer las
situaciones en las que su demostración sea provechosa para él mismo y para
incrementar las relaciones afectivas en el aula.
C). - Implicación de la clase como grupo, que toma así un
papel de intervención conductual no solo con el alumno en cuestión, sino con el
grupo en sí. De esta forma se favorecerá el desarrollo, aceptación y
cumplimiento de valores, actitudes y normas.
D). - La función
de la educación está en planificar y ejecutar acciones de adecuación al
Alumnado, haciendo uso de estrategias y técnicas precisas para ello. Los niños
con un trastorno crónico, por sus circunstancias particulares, precisarán de
una intervención que les proporcione un entorno no ya estimulante, sino
adaptado a sus necesidades y posibilidades de acción sobre el entorno físico y
social. Si definimos a la Inteligencia como la capacidad de adaptación al
medio, con el conjunto de habilidades de aprender a aprender, necesariamente
nos conduciremos por una intervención psicoeducativa, en la que se primará la
enseñanza-aprendizaje de estrategias y habilidades, así como de su posibilidad
de generalización a otras situaciones.
E). - Planteamiento y programa de trabajo lo más
individualizado posible con el alumno, dentro de una labor tutorial que el
profesor debe considerar como elemento nuclear de toda su acción educativa,
dentro de un ambiente de aula estructurado y organizado, en el que el niño
mantenga una conducta personal y social estables. Los niños con cualquier
trastorno nos enseñan, entre otras cosas, a plantear la vida de otra manera,
quizá en un conjunto de elementos personales y sociales más sencillo,
relativizando y a la vez, priorizando esa estructura en otro orden al que nos
desenvolvemos.
F). - Mantener una relación estrecha y coherente con los
padres del niño. Se busca con ello una coordinación de acciones, un
establecimiento de normas que, al ser dadas y conocidas conjuntamente,
favorecerán una conducta más de acuerdo a la adecuada formación personal,
social y, en última instancia, académica del Alumno. Esas relaciones entre el
Profesor y los padres deben descansar en la búsqueda de una armonía, como el
mejor vehículo para la comprensión y entendimiento entre ambas instancias, favoreciéndose
mutuamente las dotes de perseverancia y lucha contra el desánimo y la
frustración. El Profesor puede poner la energía para un buen aprendizaje, y
proponer los mejores pasos para un desarrollo educativo y personal de su
alumno.
5. – A MODO DE CONCLUSIÓN.
Los niños, niñas
y jóvenes con trastorno crónico, son, al igual que las demás personas,
resultado integrado de sus historias y de sus propias características
individuales, por lo que, como sujetos de intervención en la salud y en la
educación, lo serán desde una visión de normalidad, en la que el trastorno no
es más que un adjetivo o característica más de su persona, siendo ésta lo
sustantivo. Se evita así el extremo de exclusividad en la deficiencia y su
consecuente valoración de globalidad negativa, que se hace independiente de las
personas que lo padecen.
Desde este marco
y a modo de conclusión, en lo referente a una intervención psicopedagógica en
la persona y alumnado con trastorno crónico, podríamos expresar:
-
La
evaluación de la persona nos debe conducir hacia su valoración en esa
integración de potencialidades y habilidades, con adecuación al contexto,
desdeñando una visión diagnóstica centrada en el trastorno, y buscando
favorecer su proyecto personal y social.
-
En
el plano educativo y psicopedagógico, el alumnado con trastorno crónico, no
será distinto al resto de sus compañeros, en tanto en cuanto, tras el
conocimiento apropiado de su individualidad, se den las respuestas apropiadas a
sus necesidades educativas, adecuando el currículum a las mismas. En este
sentido, salvo casos de cierta complejidad o gravedad, la adaptación curricular
que procediese, no deberá apartarse significativamente del currículum
ordinario.
-
En
el plano de la familia, siendo ésta el núcleo de construcción de la afectividad
y crecimiento personales, se deberá controlar el intercambio de relaciones
padres, madres-hijos, por el peligro de generar un círculo vicioso de ansiedad
y preocupación, abatimiento o tristeza. Se habrá de perseguir la mejor
estructura y dinámica de esas relaciones familiares, basándolas sobre una
perspectiva de evolución personal, conocedora de limitaciones, pero sobre todo
del desarrollo de sus capacidades.
-
En
lo social, considerando que las posibles dificultades en la persona con el
trastorno, no han de venir tan sólo de la persona en sí, ni de las relaciones
familiares, sino también de la percepción que pueda tener la sociedad y sus
consideraciones sobre la atención y respuesta hacia esas personas, los grupos e
instituciones sociales, la Administración en general, debieran estar en un
mayor nivel de conocimiento de los trastornos, para después de una adecuada
concienciación en los mismos, procurar desarrollar en la vida diaria, las
pautas de actuación y de atención en general, al niño o niña con cualquier
disfunción. Las Asociaciones de apoyo, la Escuela, los Centros de Salud,
cualquier entidad social en definitiva, están llamadas a movilizar a la opinión
pública en tal sentido.
En última instancia, se tratará de transmitir a todos los
que están en relación con los niños, niñas y jóvenes, que el futuro de su
persona (y de su trastorno) depende de ellos y no está anclado por la
dificultad o deficiencia. El curso del tiempo lo hace la persona en su grupo
social, día a día, siendo el futuro ni oscuro o negativo por el simple hecho de
que aún no haya llegado. Como hemos citado en otra ocasión (Luque y Romero,
2000), las cualidades humanas de la persona, que siempre han de cultivarse,
serán las que dicten su vida y, por tanto, su dominio sobre las situaciones.
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